Me he encontrado recientemente con dos artefactos notables: el "cover flow" de los nuevos ipod/itunes y el cine digital proyectado digitalmente. El primero es algo así como el retorno del jukebox, o la rematerialización de la inmaterialización digital. El segundo supone una verdadera ruptura en la experiencia como espectador.
Con el "cover flow" he recuperado el placer de ir pasando los discos hasta toparme con uno que poner. Ordenados por autor, nombre o año navego mi colección con una densidad que, hay que admitir, la vieja lista no tenía. Con la llegada del mp3 nos acostumbramos a que un disco era poco más que una carpeta con unos archivos entre otras tantas (que cada vez eran más). Última fase en la desmaterialización de la música (vinilo-cinta-cd-cdr). Ahora, el desfile de portadas en el ipod/itunes a ritmo de índice o pulgar, nos permite recuperar algo del viejo placer de la materia. Claro que no es un pedazo de plástico y papel que poder manosear, cierto que no es tan distinto a la pequeña imagen de la portada que casi cualquier reproductor ofrece. Y sin embargo, hay algo que marca una diferencia: la experiencia, el juego con el dedo, la animación tipo jukebox, el brillo de la pantalla... En el momento en que la expansión de mi colección ya había hecho desaparecer la singularidad de cada disco, el "cover flow" juega a recuperarla.
Por otro lado, hace poco tuve el placer de ver en el BFI una sesión doble de cine digital proyectado digitalmente (Dong y Naturaleza Muerta, de Jia Zhang-Ke). Probablemente, la experiencia estuviera muy marcada por la excelencia de las películas, pero en cualquier caso la diferencia del medio es abrumadora como para no notarla. Primer indicio: se apaga la luz, comienza la proyección... silencio absoluto. Ni siquiera a un metro de la sala de proyección se escucha nada. No hay chaca-chaca de la película rodando. Extraño. En la pantalla, algo similar ocurre: la imagen está totalmente quieta. Es decir, se mueve en su interior, pero está absolutamente estable. No tiembla. Primera secuencia, un tipo camina sobre las ruinas de una ciudad junto a un río. La imagen es extremadamente nítida. Tampoco hay puntos/manchas negras intermitentes, no hay nada, no hay partes en rozamiento o movimiento... A partir de entonces, la experiencia de espectador se trasforma. Sin todo aquello que asociamos al cine, lo que queda es una imagen desnuda, estable, nítida, brillante. La Alta Definición, por otro lado, sacude al cine digital casi totalmente de la asociación con los vídeos domésticos, la televisión, etc. Es decir, pierde parte de su efecto de verdad por defecto o costumbre visual. Al fin y al cabo, es cine, no vídeo. Aún sí, las singulares propiedades del medio aparecen, por ejemplo, cuando un fuerte contraluz satura la imagen de un modo muy particular (muy digital).
En todo caso, encontré al menos dos motivos para 1) no lamentar tanto que no me pueda llevar toda la colección de discos cada vez que me mudo (una vez al año, según la media de los últimos seis) y 2) no seguir lamentando que nunca filmaré nada en 35mm. Hay una nueva textura que mola.
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