top 2004


Discos

1. Tv on the radio, “desperate youth, blood thirsty babes” (Touch and go)

“To be inside that music, to be drawn into the circle of its repetitions: perhaps that is a place where one could finally disappear” (Paul Auster, The NewYork Trilogy).

Disco inclasificable, familiar y extraño a la vez: no se parece a nada y se parece a todo. O más bien, a toda la historia de la música negra norteamericana, pero tratada desde la experimentación, no desde la ortodoxia. El legado se condensa de un modo muy particular y profundamente urbano: coexisten los arreglos de viento en clave jazzera con la eterna repetición de los loops de bajo y con unas voces maravillosas que no esconden un trasfondo gospel. Las canciones de tv on the radio parecen cobrar sentido en el círculo de sus repeticiones, como decía Auster. Son cíclicas, dan vueltas interminablemente sobre sí mismas, y crecen en esa rutina. Atrapan, tienen algo de hipnótico, algo extraño tras una estructura insultantemente simple. Son la banda sonora perfecta para un viaje en metro: repetitivo, previsible, mecánico y aún así depósito de nuestras esperanzas secretas, del sueño de que “algo ocurra”.

2. Wilco, “a ghost is born” (Nonesuch)

Me lo compré sin dudar en cuanto lo vi, poco después del increíble concierto del Primavera Sound (ver más abajo). Y durante las primeras escuchas me dejó un tanto indiferente. No es tan fácil como “yankee hotel foxtrot”, ni tan evidentemente bueno. Pero con el tiempo crece, se abre y cobra sentido. Es un gran disco, de una gran banda en un gran momento. Suenan a grupo “de verdad”, orgánico, con capacidad para derivar y saber volver. Las canciones tienen acordemente una estructura extraña, desarrollos muy pacientes y frecuentes derivaciones al terreno del ruido y de la disonancia, algo que en directo llega a ser sublime. Aún así, las canciones no son excusas. De hecho, me parece más una colección de grandes canciones que un disco-concepto. Frases para recordar, como “when the devil came, he was not red”, que nos llega tras uno de los comienzos más conmovedores que he oido, los primeros acordes de piano de “hell is chrome”. Y también temas memorables de arriba abajo como “company in my back”.

3. The Shins, “chutes too narrow” (Sub Pop)

Pop de la costa oeste en su mejor vertiente. Nos transporta instantáneamente a playas, los beach boys y todo eso. Pero han pasado casi 40 años y estos chicos lo saben. Por eso no se les puede acusar de revisionistas. Es pop clásico, pero abandonada ya la felicidad gratuita y las letras chorras. Todo es agridulce en este disco, y por eso me gusta tanto. Las canciones van al grano y rara vez superan los 3 minutos. Pero en ellas hay dudas, contradicciones y alegrías tenues. Tópico en sus formas a ratos, los textos y algunas derivaciones pesimistas absolutamente necesarias lo convierten en el disco que me hizo repensar el pop de formato clásico. Entre otras cosas, tenemos la estrofa del año, sin lugar a dudas: “i’m trying hard not to pretend/allow me no mock defense/step into the night”, que la segunda vez sustituye el primer verso por un definitivo “i’m trying hard not to give in”. Y es que es duro no abandonar. [hay algo de trampa aquí, el disco se editó originalmente en el 2003, pero no nos llegó hasta el 2004]

4. Franz Ferdinand, “franz Ferdinand” (Domino)

Post punk ochentero para todos los públicos. Lejos de las pretensiones políticas o experimentales de gang of four, por ejemplo, pero con un objetivo claro: punk para las pistas de baile. Y esto lo han conseguido. Tengo mis dudas con respecto a cómo envejecerá este álbum, si alguien lo escuchará en seis meses. Pero tengo pocas dudas de que ha sido uno de los hits más sonados del año. Su directo les apoya, mucho más sucio y rápido, como debe ser en estos casos. Hedonismo, canciones fáciles que van al grado y esconden pocos o ningún secreto y letras de combate post-progre: “It's always better on holiday/So much better on holiday/That's why we only work when we need the money”

5. The Black Keys, “rubber factory” (Fat Possum)

Ésta es la respuesta a aquellos que dudaban de que se pudiera hacer algo digno en el mundo del blues hoy en día. Era una duda que compartíamos todos los aficionados al género desde la muerte de SRV, y que el sello Fat Poussum se ha esforzado en disolver. Con su recuperación de la vertiente más simple, guarra y cutre del blues, una especie de viaje espacio temporal hasta el delta del misisipi de los años 30, muchos hemos recobrado la ilusión. En un año de lujo para el blues, con la serie de documentales producidos por scorsese como evento mainstream ineludible, selecciono esta joya: rubber factory es la culminación de los anteriores trabajos de la pareja que forma the black keys. Con un sonido absolutamente cutre, una aproximación del lado de la ortodoxia y una negativa a mantener el tempo y/o el compás, este dúo ponen el género al límite, al límite de sus comienzos. Más que torpeza, se trata de un elogio de las formas inestables del blues primitivo, cuando no siempre tenía 12 compases. Y con esa voz, que nos llega directamente de los grandes.

Conciertos

1. !!! (apolo, bcn, 8 oct)

Brutal. La palabra de moda nunca ha sido más procedente que para describir lo sucedido aquella noche en el apolo. Si hay un futuro no revisionista para el punk en su vertiente dance, es éste. Tecnológico, incorporando los modos de una sesión de dj, guarro, punky, el concierto fue construyendo una suerte de éxtasis colectivo que nunca había visto en bcn. Hasta la modernidad de flequillo tuvo que abandonar pose y peinado y rendirse al sudor y los apretones para tratar de estar más cerca del escenario, para saltar, gritar y perder la noción de individualidad. Lograron que se perdiera la compostura, todo un éxito, y una experiencia para los asistentes. Como cuando aparece la poli en una manifestación. Esa sensación de adrenalina colectivizada. La banda es imparable como una apisonadora. Una canción tras otra, sin prácticamente interrupciones. En realidad, el concepto canción pierde totalmente el sentido. Aquello fue una sesión !!!, una hora y media de ruido y ritmo y falsetes; de juego con intensidades, de momentos de subidón populista (elogio al éxtasis incluido) y todos los trucos propios de un dj. La hora, además, ayudó. Empezó 2 o 3 horas después de lo anunciado, después de horas de cola fuera y después de que un dj se hubiera a encargado de generar la atmósfera apropiada en una sala absolutamente a reventar (y con gente fuera que se quedó sin entrar). Cuando acabó el concierto no tenía sentido seguir. Era como preguntar “¿qué haces después de la orgía?” (Baudrillard). Un dj lo intentó, ingenuo, pero había poco que hacer tras un orgasmo de este tipo, entre desconocidos, y por tanto necesariamente sincero e irrepetible. Comunión directa, trance colectivo. Lo intenté con el disco después, pero “louden up now” palicede ante los directos, es como una maqueta. Hay algo, pero poco. Lo dicho, estas cosas son irrepetibles.

2. Wilco (primavera sound, bcn, 28 mayo)

Justo un año después, y en el mismo contexto, Wilco eran capaces de dar un concierto a la altura del de Sonic Youth, uno de esos que nunca olvidaré, de los que marcan épocas vitales. En efecto, Wilco es de las pocas bandas “orgánicas” que he visto. Improvisación y control de la situación parecen ser lo mismo. Ruido y melodía encajan sin problema. Las canciones son flexibles, o maleables, te llevan y te traen y luego entiendes lo que ha pasado. Fue emocionante. Estuve con los pelos de punta medio concierto, y este es el indicador más primitivo e incontrolable de cuándo siento algo en un concierto. Twiggy venía casi directamente de la clínica de desintoxicación (por el tratamiento de migrañas…) y hay que decir que le sentó de maravilla, la verdad.

3. The Hives (razzmatazz, bcn, 20 oct)

Quien crea que the hives no son más que el penúltimo hype, que vaya a uno de sus shows. Y digo shows muy conscientemente; porque quién crea que se trata de sólo la “mejor banda de rock and roll” también se equivoca. The hives son la mejor banda de rock en directo y también la mejor parodia del show business. El control de la puesta en escena de esta banda haría palidecer a más de un hype (porqué no decirlo, a Jet, Kings of Lion, the vines y tantos otros que van de rockeros por la vida). Son un saco de viejos trucos (quedarse totalmente congelados como un minuto en medio de una canción, aguantar las protestas y lanzamientos varios del público y luego seguir donde lo habían dejado, sin pestañear; posturas y saltos; guitarras que dan giros imposibles; guitarristas que se soplan los dedos entre tema y tema; un batería que es capaz de quedarse el último en el escenario y peinarse el flequillo años 50 con una calma que asusta…) pero que no dejan de tener algo de comentario irónico (muy en serio, claro) sobre lo que es el rockandroll últimamente. Son los mejores. La mejor banda. El mejor diseño de escenario, en riguroso blanco y negro (amplis, instrumentos y batería blancos incluidos) y con un neón rojo “the hives” como fondo. Y los más sexys con esos trajes tipo tío gilito.

4. Jon Spencer Blues Explosion + soledad brothers (la mirona, girona, 24 marzo)

En las antípodas de The Hives está Spencer y sus chicos. Ellos también son los mejores, pero sin ironía ni bromas. Van en serio y lo dejan claro desde el comienzo. El volumen era ensordecedor, y la precisión y el entendimiento entre ellos era una pasada. El tipo se paseaba vestido de cuero, tirándose al suelo abriendo las piernas, dando grititos de “blues explosion” a cada rato y, en fin, encarnando el prototipo de estrella rock con guitarra entre las piernas. Musicalmente, el grupo lleva hasta el extremo el concepto de blues, lo deconstruyen y lo reconstruyen sin problema. En este sentido, la labor del “segundo” guitarrista Judah Bauer me pareció impresionante, su dominio de las formas clásicas del blues y su permanente tonteo con ellas

5. Liars (bikini, Barcelona, 7 dic)

Evento necesariamente minoritario, la segunda visita de Liars en un año a Barcelona estuvo a la altura de los que esperábamos un acontecimiento caótico, rayando lo freak. Abrieron electrocute, y aunque tenían poco que hacer a esas horas y con ese público, fueron generando el ambiente trash necesario para disfrutar de Liars. Pasaré por alto sus pintas, para eso es mejor visitar su web. Y realmente hay poco que comentar, salvo que fue una explosión de ruido, a veces bailable, la mayoría del rato simplemente abrumador. Guiño tecnológico: los brutales bajos sampleados en disquetes de 3.5” que se amontonaban desordenadamente entre la segunda batería y los amplis de la segunda guitarra, posición ocupada por el mismo tipo. A un riesgo de dejar al personal simplemente indiferente, creo que hay que valorar positivamente las ganas de arriesgar sin concesiones y con (cierto) criterio. En sus discos todo es mucho más accesible, para que se hagan una idea de lo fue esto.


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