
El Occidente: una podredumbre que huele bien, un cadáver perfumado.
(E. M. Cioran)
Reabrir heridas devino el gesto fundamental y compartido entre las producciones que marcaron mi dos mil ocho. Un conjunto de artefactos que de diversos modos y de manera independiente ahondaron en lo podrido de los cimientos, estructura y recubrimiento de la llamada civilización occidental.
1. La question humaine, Nicolas Klotz y Élisabeth Perceval.
Un ensayo sublime sobre la contribución de la lógica nazi al espíritu del capitalismo. Exquisito, sin concesiones, preciso aún flotante. Tiene, posiblemente, el final más conmovedor desde L'Eclisse.
2. Hunger, Steve McQueen
De algún modo, este podría ser primer capítulo de una historia subalterna del Reino Unido post 1979: desentierra un hecho convenientemente olvidado, que Thatcher no tuvo inconveniente en dejar morir de hambre a diez prisioneros del IRA antes que concederles el estatus de prisioneros políticos. Y lo hace observando, arañando, el límite de la imagen-violencia y la imagen-belleza -simultáneamente, pero evitando una comunión pornográfica.
3. The Wire, David Simon et al.
Para muchos, la reconciliación con la serialidad televisiva. Amplitud épica y narrativa clásica-realista al servicio de un masterclass en sociología urbana americana. El primer gesto pivotal, de muchos, es hacerlo desde Baltimore; apenas unas millas al norte de Washington pero muy alejados de los focos de Hollywood. Es el cuento de la otra América post-Fordista.
4. Shibboleth, Doris Salcedo.
Salcedo rajó el hormigón armado de la Tate Modern y señaló la violencia sobre la que se erige y sustenta la institución-arte. Una puñalada que además ha devenido cicatriz permanente.
5. Gomorra, Matteo Garrone
Haciendo uso de un simple dispositivo naturalista que no le hace ascos a cierta espectacularización comercial, Garrone plantea efectivamente la consanguinidad de la mafia con el capitalismo italiano, del que bien podría ser su culminación.
6. There will be blood, Paul Thomas Anderson
Aún innecesariamente grandilocuente, la indulgencia del relato no hace sino reflejar los excesos de la historia de Daniel Plainview -a su vez sinécdoque del mismísimo sueño americano: ambición, trabajo, riqueza, desprecio, ostentación, delirio, Stücke.

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